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sábado, 8 de agosto de 2015

Cara a Cara con el Agua

Esta es una reflexión que quería hacer hace tiempo. Quería escribirla, quería soltarlo, quería expresarlo.


Desde 2012 pertenezco al gremio de los lifeguards, los guardavidas, los socorristas como se conocen en mi país. Desde los tres años siempre me ha gustado nadar, he aprendido todo lo que se puede saber en el agua, e incluso tras dejarlo a las puertas de la competición, volví a este ambiente cuando me saqué mi título de monitor de natación. Fue un sueño cumplido...pero hoy prefiero hablar de otro sueño. 

Desde siempre ser socorrista puede ser mirado como una opción para currar, sobre todo en verano, pero para mi siempre ha supuesto algo más. No soy socorrista por trabajar, por sacarme algo, para mi es algo más pasional, más personal. Es algo más vocacional.

Siempre he sido una persona que le ha gustado ayudar a los demás...y creo que ofrecer este servicio es una forma de ayudar. Curas, rescates, solucionar problemas. Es algo que forma parte de mi, pero no siempre he sido capaz de poder hacer. El agua, piscina, mar o río me da ese plus, esa motivación, esa seguridad, esa valentía para poder ofrecer esa ayuda. Supongo que por eso, este trabajo me gusta. 

Aunque no tenía experiencia hace unos años, la he ido adquiriendo y la verdad es que uno se siente mucho más capacitado. He podido comprobar si tenía limitaciones para ejercer en este trabajo y he tenido la suerte de descubrir que no. Incluso me gusta si me tengo que exponer a solucionar algún problema. Masoquismo puro y duro. 

Cuando trabajas en algo así, de cara al público, te expones a las mayores alabanzas que las he tenido, pero también a lo peor que tiene el ser humano. No acatar las normas es algo muy frecuente en una playa, más de lo que debería ser. Y a veces esas imprudencias se pagan. 

A veces, somos considerados héroes por salvar a alguien, y no existe mayor satisfacción que el deber cumplido y el trabajo finalizado con éxito y alegría. La persona te da las gracias y tú te sientes realizado, completo...descubres que si, que te gusta esto. 

Cuando te encuentras con un imprudente, ahí cambia las cosas. ¿Vas a jugarte la vida por alguien que te ha tratado mal y no te ha hecho caso? Por desgracia es así...ahí viene el arrepentimiento. Muchas veces es tarde y la historia termina mal, ya sea para la víctima o para el socorrista. Pues a veces, no se puede. Estamos para socorrer, estamos para alertar y estamos para proteger. La prevención es nuestra arma principal y sólo la actuación vendrá en el último de los casos, pues es preferible evitar el problema que meterte de lleno al agua a "resolver" el problema. 

Mucha gente en este trabajo intenta darte lecciones...eso es aún más triste, pues casi te dan ganas de decirles "bueno, suba aquí y cobre usted por mi", la gente no se da cuenta del peligro que puede ofrecer el agua, que es un medio cambiante que no se controla y se desata con facilidad. El socorrista que echa a la gente de la playa por un peligro, no lo hace para no trabajar, lo hace para evitar un mal mayor. 

Por suerte, podemos quedarnos con lo bueno. La gente agradecida que valora tu trabajo, tu función y sabe el peligro que te expones cada día al preocuparte por gente que ni conoces.

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